En mis andares de clínica en clínica, de terapia en terapia, de escuela en escuela, he tenido la oportunidad de conocer madres de todas, angustiadas, seguras, rebeldes, alegres, algunas mayores otras no, muchas con grandes experiencias y otras más, las recién llegadas, con un bebé en brazos y sobre los hombros la incertidumbre de un diagnóstico atemorizante, así fue como llegamos todas un día. El común denominador de todas ellas no es un hijo con discapacidad, si no la valentía de sacarlo adelante a pesar de todas las adversidades. Hoy con un poco mas de experiencia que aquel primer día, quiero decirles a quienes se enfrentan por vez primera al diagnóstico de discapacidad en un hijo, que todo va a pasar, que esos sentimientos que parecen interminables, un día van a estar muy lejanos, y eso que tanto atemoriza al principio se vuelve una normalidad, una hermosa normalidad.
Hoy en día, en medio de tantos problemas en los que de pronto me veo con la rutina de un trabajo estresante, la incertidumbre de una economía tan inestable, el ritmo de vida tan vertiginoso, lo que más ansío es que llegue la hora de ver a mi hijo, para mi es como un árbol a cuya sombra puedo llegar a refugiarme después de caminar largas horas bajo el sol o como la piedra sobre la que me puedo subir después de naufragar. No importa si no puedo descansar, no importa si hay que sentarse en la sala de espera en la clínica de rehabilitación, no importa porque lo escucho gritar y reir....
Nadie como él para cargarme de nuevo la energía. 💕👲
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